Así es como terminan las grandes historias:
Esparcido entre las partículas de Dios, flotando sobre las ruinas del día, aprendiendo a modelar vasijas donde el agua canta y se vuelve consuelo para el último ser que arde en la memoria rigurosa del pez que asoma su fragilidad ante el deseo irrevocable de otro reino.
Ese era su sueño efímero, la pretensión desaforada de un espíritu que, envuelto en dudas, se desprende de todo peso.
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