miércoles, 1 de julio de 2026
La demencia de los cuerpos de Lewy.
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Cassius Marcellus Clay irrumpe en el mundo. Canta con un tobillo lastimado por la luz. Canta y es la voz de todos los mendigos en las batallas desconocidas, en los pueblos inexactos. Canta con un lenguaje parecido al agua del jarrón que rompió cuando niño.
Cassius se mueve con la misma velocidad de las montañas, imperceptibles al ojo humano. Observa e intuye a su enemigo en la espesura de su ceguera. Canta y lo escucho con la intimidad perfecta de una piedra.
—Hey, muchacho, sé una lanza; aunque solo puedas serlo por un segundo, aunque pienses que no eres capaz de alcanzarlo. Hubo días en que nunca pude alcanzar sus ojos. Ni en el escenario más iluminado de la noche estelar. Sé una lanza. Húndete hasta sentir que no puedes volver atrás, aunque lo único que te sostenga sea el aliento que alguna vez fue suyo.
Apuntes sobre el aburrimiento
No creo equivocarme si digo que todo niño tiene muy a menudo la idea de matarse, y que también lo intenta, pero luego, sin embargo, no lo hace o no lo logra. Eso se siente muy intensamente de niño. Viene una oleada, entre los siete y los doce años o cosa así, luego amaina un poco, y uno se hace más resistente, creo, y luego viene otra vez una fase muy sensible entre los dieciocho y los veinticuatro, y quien la supera llega sin más a los cincuenta y se casa y entra con la cabeza alta y corazón batiente en la vida normal. Luego la gente, a partir de los cincuenta, empieza a pensar otra vez. Entretanto, los matrimonios han fracasado, los hijos se han vuelto todos espantosos y la ingratitud es el salario del mundo.
Hasta hoy, he querido matarme a cada instante. Pero como no lo he hecho, debo de estimar la vida más que todo lo demás. [...] Según los informes médicos, realmente tendría que estar muerto hace ya años, llevo años sobreviviéndome a mí mismo. De algún modo, la muerte... bueno, no tengo miedo en absoluto, me es completamente indiferente. En realidad no comprendo el miedo a la muerte, porque morir es tan normal como comer. Miedo tengo a veces de la gente, tal como es, pero de la muerte no puedo tener miedo. ¿Qué pasará, cuando ya no pueda más? Entonces dejaré de vivir... se lo aseguro. En calidad de inválido, desde luego, no seguiré viviendo. Esa posibilidad la tiene todo el mundo, en todo momento. La cuestión es sólo con qué. Pero una existencia en la que no pueda actuar ya como quiera me resultará de todas formas difícil, aunque, en cualquier caso, nunca lo haría. Cuando de algún modo estás hundido, hay horrores caritativos que encuentran todos, de alguna manera, el Reino de los Cielos, pero nada más. Empezando por los Caballeros de la Orden de Malta y acabando por qué sé yo qué, todo es repulsivo.
THOMAS BERNHARD