—Pero recuerda esto.
—Dime, muchacho, ¿por qué insistes en pensar en ella? En esa mujer que despierta junto a desconocidos.
—¿Quieres saberlo?
—Sí.
—Porque ahora puedo hacer una lista con las cosas capaces de acelerar mi corazón.
AVENIDA PRIMERA
ELLOS NUNCA NOS RECORDARÁN
—Definitivamente algo había cambiado.
—No era el otoño. Tampoco alejarnos de mercurio retrógrado.
—La sexta extinción ocupaba todas las pantallas. Y la decepción más grande era que la especie humana no estuviera en la lista.
—Los días son transparentes. La idiotez colectiva también.
—No tengo nada que reprochar. Puedo sentarme a ver el fin del mundo una y otra vez con una copa de vino blanco entre las manos.
—¿Y todavía esperas algo de nosotros?
—Padre, por fin sé de propósitos.
—¿Qué encontraste?
—Un motivo para acariciar la paciencia que creía perdida.
—Yo pensé en alguna lucha. En un tigre deshaciéndose minuto a minuto entre resplandores.
—También vi ejércitos paralizados por el miedo. Una lágrima creciendo igual que una bestia sobre las ciudades.
—Las calles estaban abiertas. No había ningún mineral bajo ellas.
—Te cuento en las noches con un cuchillo en la mano para no olvidar el ritmo de la respiración.
—¿Y la luz?
—Permito ese haz solo para no olvidar la belleza de la oscuridad. Y tu nombre colgado del techo con la determinación de seguir muriendo a cada instante.
—Mis piernas admiran esa determinación.
—Lejos de este conglomerado de estrellas respira un objeto olvidado por los hombres.
—¿Qué observa?
—El momento preciso de nuestra colisión.