martes, 27 de octubre de 2026

Los secretos del Ermitage, 1845

Este fuego casto para mi deseo 
Esta confusión por anhelo de equilibrio 
Este inocente dolor de pólvora en los ojos 
Aliviará la angustia de otro corazón devorado por nebulosas
Federico García Lorca


[...]

Ardieron hasta reducirse a cenizas blancas.

No volvieron a coincidir. Los Alpes en la memoria no son imposibles. Lo repito una y otra vez, mientras la noche del mundo se vuelve una escotilla. Podría recorrer sus bordes por toda la eternidad. Amanece. El otoño coincide con la fundación de la niebla. Regresar. Reagruparnos en el skyline de Praga o Leningrado.

Nada hace pensar que ella haya tenido un lugar en esta especie. De todos los retratos que guardo, quizás este sea el más difundido. La Revolución de Octubre. Los vientos huracanados. Nosotros, desprovistos de cualquier augurio. Éramos un espectáculo tierno en las calles. Rojos de ira. Dueños de la última porción de luz. Las aves cruzaban la plaza con un gesto altivo. Desde lo más alto. Antes de caer.

Estamos arruinados, sosteniendo una isla que todos admiten imposible. Una música rancia no alcanza este brillo inusitado. Llega el primer canto. En este carro blindado, iniciamos la revuelta contra la vida cotidiana. Payasos inigualables ensayan la sonrisa que ha dado a esta ciudad su verdadero nombre.


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