Lo enterraron con sandalias, una camisa hawaiana y una gorra cualquiera.
Como si la muerte fuera un día cualquiera.
Sean Penn
Saetas divinas
Se abre un camino de crisantemos desde donde caes a cada instante, interminable, con esa locura de andar con un corazón alojado en el pecho, una bala perdida, que emite luz, que insiste, que perfora mientras desciendes sin término.
No parecía que esto fuera necesario, pero lo es, algo pulsa, pregunta qué deseas encender bajo este temporal, mientras los tejidos que haces no son sencillos, se afinan, se adelgazan, se vuelven membrana, pasan el aire, lo dejan circular, lo retienen.
He evitado mirar por las fisuras de los muros, aunque el olor entra, se adhiere, se queda en la lengua, y los ciegos siguen el programa normal, escriben, las yemas de sus dedos leen los relieves sucesivos de la respiración, presionan, avanzan, reconocen un ritmo que se hunde y reaparece.
Estamos en el aire, por sobre el polvo que ha levantado este ruido inacabable, suspendidos, sin superficie, y entre los arbustos los niños esperan, abstraídos en su velocidad, contenida, acumulada en las piernas, en los tendones, a punto de soltarse.
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