domingo, 16 de noviembre de 2025

El camino del tonto 1435, Rostov.



CERCA DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE LOS NIÑOS ELÉCTRICOS



Uno pierde amores, pierde dinero, pierde el bar que adora, pierde camisas, pierde a cada momento. Me preguntan por qué tan iracundo, por qué las llamas, por qué el fuego. Recuerdo a mi abuelo, recuerdo una frecuencia modulada, recuerdo el negro absoluto en la ausencia de torres de alta tensión. Recuerdo que no debo perder mi palabra. No entienden, me dicen: si fueras de otra forma serías un éxito, serías coherente, serías lo que deseas ser. Pero insisto en mi palabra, en mi recuerdo, en mis abuelos. Insisto en mí, a cada momento, a cada instante. Ellos no lo entienden, no pueden descifrarlo. No los juzgo, pero ellos sí lo hacen. Aun así, los entiendo.


Alguna vez le dije a una bella mujer algo sobre la vida: hay dos tipos de personas, las que se sientan a ver un meteorito entrar en la atmósfera, furiosamente, un manjar para los ojos, electricidad pura en el cerebro. Uno puede amar y creer que todo es eterno. Dos tipos de personas: los que acuden a ver ese espectáculo o los que deciden ser el meteorito que erosiona su vida con furia, violentamente, dolor hermoso, contra el planeta.


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