CERCA DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE LOS NIÑOS ELÉCTRICOS
Uno pierde amores, pierde dinero, pierde el bar que adora, pierde camisas, pierde a cada momento. Me preguntan por qué tan iracundo, por qué las llamas, por qué el fuego. Recuerdo a mi abuelo, recuerdo una frecuencia modulada, recuerdo el negro absoluto en la ausencia de torres de alta tensión. Recuerdo que no debo perder mi palabra. No entienden, me dicen: si fueras de otra forma serías un éxito, serías coherente, serías lo que deseas ser. Pero insisto en mi palabra, en mi recuerdo, en mis abuelos. Insisto en mí, a cada momento, a cada instante. Ellos no lo entienden, no pueden descifrarlo. No los juzgo, pero ellos sí lo hacen. Aun así, los entiendo.
Alguna vez le dije a una bella mujer algo sobre la vida: hay dos tipos de personas, las que se sientan a ver un meteorito entrar en la atmósfera, furiosamente, un manjar para los ojos, electricidad pura en el cerebro. Uno puede amar y creer que todo es eterno. Dos tipos de personas: los que acuden a ver ese espectáculo o los que deciden ser el meteorito que erosiona su vida con furia, violentamente, dolor hermoso, contra el planeta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario