Era necesaria la luz de la desgracia
para enseñarme mi auténtica naturaleza.
La escafandra y la mariposa
El mar blanco. Para que la risa se eleve, se tense, se convierta en un arma. ¿Hace falta usar el alma como gatillo? Nieva. Hace horas iniciamos esta conversación. El melodrama tal vez pareció un juego inofensivo. Pero mírate. Y mírame ahora. Nuestras civilizaciones aceptan hundirse entre sueños y esperanzas, sobre el lodo espeso de nuestras victorias mínimas.
—Perdón, señora, ¿me permite quemarle un ojo? Se ha llenado de mundo. Perdón, señora, puedo ver en él un territorio devastado. Perdón. Dígame, ¿sabe si tiene alguna oportunidad de reencarnarse? Señora, Dios quiere huir por su cabeza. Permítame clausurar la salida.